Después de varios veranos sin caminar por mi amada Sierra Nevada, por fin ha llegado el turno de volver a visitar los picos más altos de esta maravillosa cordillera. Hay lugares a los que uno siempre necesita regresar, y la llamada de las cumbres penibéticas era ya imposible de ignorar.
Para esta ocasión, hemos diseñado una exigente pero preciosa travesía de dos días tomando como referencia e inspiración los recorridos de la SNUT (Sierra Nevada Ultra Trail) de 2013 y 2016. Sin embargo, este año el reto guarda una gran particularidad: la actividad será en total autosuficiencia. Con el refugio de Postero Alto todavía cerrado, nos tocará cargar con todo lo necesario a las espaldas y confiar plenamente en nuestra propia logística y recursos.
A diferencia de aquellas inolvidables ediciones pasadas, donde Emilio —el creador de la SNUT— conseguía agrupar y contagiar su energía a un gran número de amantes de la montaña, esta vez la experiencia será mucho más íntima. Este año solo seremos tres montañeros los que nos adentraremos en el corazón de la sierra para completar esta bonita travesía. El poder de convocatoria de Emilio siempre fue mayor.
Para exprimir al máximo la experiencia, hemos estructurado la travesía en dos etapas de pura alta montaña:
Etapa 1: El asalto a los gigantes. Saldremos desde la Hoya de la Mora para ganar altura rápidamente. El objetivo de este primer día es exigente pero espectacular: coronar de manera consecutiva el Veleta y el Mulhacén, el techo de la península ibérica. Tras devorar los desniveles y disfrutar de las vistas infinitas, pasar la noche en el Refugio de La Caldera.
Los datos de la primera etapa serían 26.1Km - D+1739 D-1182
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El despertador suena temprano, la mochila pesa en la espalda, pero las ganas de montaña pueden con todo. A las 09:00 de la mañana, nos ponemos en marcha desde la Hoya de la Mora. Las mochilas van bien cargadas con el equipo necesario para dos jornadas de montaña en autosuficiencia. Tenemos un objetivo claro entre ceja y ceja: alcanzar la imponente cima del Pico Veleta.
Para quienes temen perderse en la inmensidad de Sierra Nevada, esta subida ofrece mucha tranquilidad. El sendero está perfectamente marcado y la pérdida es casi imposible. Cada intersección en el camino cuenta con carteles indicativos claros que confirman que vas en la dirección correcta. Es una ruta ideal tanto para montañeros experimentados como para senderistas que buscan su primer gran reto en la alta montaña.
La clave en la montaña no es la velocidad, sino la constancia. Manteniendo un paso firme y sin pausa, las piernas van respondiendo mientras el paisaje se abre a nuestro alrededor. Poco a poco ganamos altura y la Hoya de la Mora va quedando atras. Al levantar la vista hacia el fondo, la silueta del Veleta ya se vislumbra majestuosa. El primer gran reto del día nos observa desde las alturas, motivándonos a seguir avanzando.
El esfuerzo siempre tiene recompensa. Tras dos horas de caminata, el terreno se nivela y nos encontramos por fin en la cumbre del Veleta. A más de 3.300 metros de altitud, el viento nos recibe con la frescura típica de las altas cumbres. Desde aquí arriba, el esfuerzo de cargar con las mochilas se olvida al instante. Las vistas panorámicas de toda la sierra son, simplemente, espectaculares. ¡El primer objetivo de la jornada está conseguido!
La estancia en la cumbre del Veleta es mágica, pero nos queda bastante por andar. Tras un breve descanso para hidratarnos y disfrutar de las vistas, reanudamos la marcha. Nuestro próximo destino es el Refugio de La Carihuela. Al aproximarnos, el paisaje cambia por completo: la estructura se encuentra rodeada por un gran nevero que se resiste a desaparecer. A estas horas de la mañana, el frio de la noche y la altitud hacen su trabajo, manteniendo la nieve completamente compacta.
Caminar sobre nieve dura sin el material adecuado puede transformar una ruta bonita en un susto innecesario. Al no estar acostumbrados a progresar sobre este tipo de terreno helado, no lo dudamos ni un segundo: priorizamos la seguridad. Hacemos una parada técnica para abrir las mochilas y calzarnos los crampones. Como dicta el protocolo de montaña, este gesto implica también sacar el piolet y ponerse el casco. Con las herramientas correctas y el equipo bien ajustado, la desconfianza inicial desaparece. Estamos listos para afrontar el nevero con total firmeza.
El esfuerzo del tramo helado se ve recompensado con uno de los mayores espectáculos visuales de Sierra Nevada: el nacimiento del agua. Con el sol ganando fuerza, el deshielo entra en acción. La nieve derretida se abre paso entre las rocas, dando forma a bonitas cascadas cristalinas. Estas caídas de agua son, ni más ni menos, las fuentes naturales que bajan con fuerza para suministrar y dar vida a la impresionante Laguna de las Aguas Verdes. El sonido del agua corriendo rompe el silencio de la alta montaña y regala una postal difícil de olvidar.
Con los depósitos de agua completamente llenos, fijamos la vista en nuestro siguiente objetivo: el Refugio de Villavientos. En este tramo la orientación no tiene pérdida alguna. Solo debemos seguir la amplia pista de tierra que nace directamente desde el Refugio de La Carihuela. Este camino es llano, cómodo para las piernas y nos permite avanzar a buen ritmo mientras contemplamos la inmensidad del paisaje.
Más allá de su comodidad, este carril esconde una historia fascinante. La pista fue construida hace muchos años con una ambiciosa idea en mente: unir los pueblos de la cara sur de Sierra Nevada (la Alpujarra) con la ciudad de Granada. Por suerte para el ecosistema y la conservación de este parque nacional, aquel proyecto tan agresivo con el entorno fue finalmente abandonado. Hoy en día, de aquella obra faraónica solo queda este carril de tierra. Lejos de su propósito original de albergar vehículos, ahora nos sirve a los montañeros como una vía perfecta que nos acompañará directamente hasta la base del indomable Mulhacén.
El reloj no perdona en la montaña y el cuerpo empieza a pasar factura. Llevamos ya cinco horas de exigente caminata arrastrando las mochilas cargadas, y el estómago nos empieza a pedir alimento a gritos. Justo a tiempo, el Refugio de Villavientos aparece ante nosotros como el lugar perfecto para hacer un alto en el camino.
No nos lo pensamos dos veces y realizamos una parada técnica muy necesaria. Es el momento de quitarnos el peso de la espalda y meter combustible al cuerpo. Abrimos los bocadillos. Mientras devoramos la comida con un hambre voraz, aprovechamos para estirar las piernas y descansar la mente.
Con las energías renovadas tras la comida, reanudamos la marcha. Las piernas responden bien y, en poco menos de 30 minutos, alcanzamos el Refugio de La Caldera. Este enclave estratégico será nuestro hogar y el lugar donde dormiremos esta noche. Antes de continuar, dedicamos unos minutos a la logística y al civismo montañero: barremos bien el suelo del refugio para dejarlo en perfectas condiciones.
Es el momento de aligerar las mochilas. Dejamos en el refugio todo el material que ya no va a ser necesario para lo que queda de jornada: los sacos de dormir, el hornillo, el gas, los crampones, …
Con las mochilas notablemente más ligeras y el cuerpo descansado, salimos por la puerta del refugio listos para afrontar el plato fuerte y el siguiente gran reto de la jornada: coronar el Mulhacén. Ante nosotros se alza el pico más alto de la península ibérica, esperándonos a más de 3.400 metros de altitud. ¡La hora de la verdad ha llegado!
En menos de 2 kilómetros tenemos que ascender más de 400 metros.
Paso a paso, la pendiente va cediendo hasta que el terreno finalmente se aplana. Tras el último esfuerzo, pisamos la cumbre. ¡Objetivo conseguido! Nos encontramos en la cima del Mulhacén, a 3.479 metros sobre el nivel del mar. La sensación de estirar los brazos al cielo junto al característico vértice geodésico y la pequeña hornacina de la cumbre es indescriptible.
En ese preciso instante, se apodera de nosotros una certeza sobrecogedora: no hay nadie en toda la península ibérica que se encuentre a mayor altura que nosotros. Mirar hacia abajo y contemplar el mar de nubes, las siluetas de las cordilleras lejanas e incluso vislumbrar la costa mediterránea hace que cada minuto de caminata, cada gramo cargado en la mochila y cada gota de sudor hayan valido la pena. Somos, por unos momentos, los reyes del horizonte.
Coronar el Mulhacén es un subidón de adrenalina, pero la jornada aún no ha terminado. Al mirar el reloj nos damos cuenta de que todavía es temprano y quedan bastantes horas de sol por delante. En la alta montaña la luz es vida, así que, con la motivación por las nubes y las piernas respondiendo bien, tomamos una decisión ambiciosa: antes de volver al Refugio de La Caldera a dormir, vamos a visitar el paraje de Siete Lagunas.
Iniciamos el descenso de la cumbre buscando el espectacular circo glaciar que esconde uno de los rincones más icónicos y vírgenes de toda Sierra Nevada. Caminar con la luz de la tarde tiñendo las rocas de tonos dorados convierte este desvío en un auténtico regalo para la vista.
El sol comienza a ponerse, tiñendo las cumbres de Sierra Nevada con sus últimos destellos rojizos. Tras poco más de 10 horas disfrutando y exprimiendo al máximo estas montañas, nuestros pasos nos llevan de vuelta al Refugio de La Caldera. El cuerpo nota el esfuerzo acumulado: la subida al Veleta, el tramos con crampones, la conquista del Mulhacén y la mágica desconexión en Siete Lagunas han dejado su huella en nuestras piernas.
Cruzamos la puerta del refugio con la satisfacción del trabajo bien hecho. Toca encender los frontales, sacar el hornillo y preparar una cena caliente que en este entorno sabe a gloria. Con el estómago lleno, nos metemos en los sacos de dormir. Es hora de cerrar los ojos, dormir profundamente y reponer energías en el corazón de la sierra. Mañana nos espera una nueva jornada de aventura, pero esa... ya será otra historia.
Etapa 2: El camino de regreso. En la segunda jornada invertiremos el sentido de la marcha. Volveremos sobre nuestros pasos desandando el camino recorrido. Será una oportunidad perfecta para disfrutar de la perspectiva inversa del paisaje, saborear el esfuerzo acumulado y despedirnos de las grandes cumbres mientras descendemos de vuelta al punto de partida.
Los datos de la primera etapa serían 18.1Km - D+448 D-998
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Tras recoger los sacos y estirar los músculos todavía entumecidos por el esfuerzo de ayer, salimos al exterior. Antes de dar el primer paso, nos damos media vuelta y nos despedimos del Mulhacén. Su imponente silueta, recortada contra la luz del nuevo día, nos recuerda la gran hazaña de la tarde anterior.
A diferencia de la paliza física del primer día, la jornada de hoy no tiene grandes desniveles. Nos espera una caminata mucho más tranquila y llevadera para las piernas. El plan es sencillo: desandaremos nuestros pasos siguiendo el carril histórico en sentido inverso hasta alcanzar de nuevo el Refugio de La Carihuela. Caminar con la luz de la mañana y sin la presión de las grandes subidas nos permite disfrutar del paisaje desde una perspectiva completamente diferente, saboreando cada metro del camino de vuelta.
Pronto pasamos por el Refugio de Villavientos, ese lugar que el día anterior nos sirvió de salvavidas para recuperar fuerzas. Sin embargo, hoy el panorama es distinto y nos recibe con una estampa típica y maravillosa de la alta montaña: las cabras montesas son las auténticas guardas del refugio.
Dejamos atrás las altas cumbres y el terreno pedregoso para descender de vuelta a la civilización. Al llegar a la estación de esquí de Sierra Nevada, nos reencontramos con nuestras mujeres, quienes nos esperan para compartir la última parte de este gran fin de semana. Cambiamos el chip de la alta montaña extrema por uno más pausado y senderista, pero sin perder ni un ápice de espectacularidad.
A medida que avanza el día, el sol del mediodía empieza a apretar con fuerza en el Valle de Dílar. El calor se vuelve bastante intenso, recordándonos que en la montaña el clima siempre tiene la última palabra. Ante las altas temperaturas y el cansancio acumulado de la jornada anterior, tomamos una decisión inteligente: decidimos contemplar las majestuosas Chorreras del Molinillo desde la lejanía.
Desde nuestra posición, disfrutamos de la preciosa panorámica de los saltos de agua abriéndose paso por el valle bajo la Laguna de las Yeguas. Tras inmortalizar el momento con unas buenas fotos y con la satisfacción de haber completado un fin de semana redondo, nos damos la vuelta. Ponemos rumbo definitivo a nuestro apartamento, ansiosos por quitarnos las botas, darnos una ducha reconfortante y celebrar, ya al fresco, una aventura inolvidable en el corazón de Sierra Nevada.
Y como bien manda la tradición montañera, ¿qué mejor manera para reponer energías que tomando un buen pedazo de carne con los amigos? Sentados a la mesa, compartiendo las anécdotas del nevero de la Carihuela, las risas por el peso de las mochilas y la emoción de haber pisado el techo de la península, el cansancio simplemente desaparece. La buena comida y el ambiente inmejorable ponen el punto final perfecto a un fin de semana salvaje, intenso y, sobre todo, inolvidable en Sierra Nevada. ¡Hasta la próxima aventura!